Dí todo, hice todo, dejé todo por cambiar su decisión. Y estoy tranquila con eso, estoy tranquila porque me fui con la frente en alto. Estoy tranquila porque la decisión no fue mía y porque jamás podría haberme quedado en donde no querían que me quede.
Todas las decisiones en esta vida son por algo, como también todo pasa por algo. Después de casi un mes lo entendí. Entendí que no puedo estar en donde no quieren que esté, que no soy bienvenida en donde no me abren la puerta, que si me echaron me tengo que ir. Entendí que no se pueden forzar las decisiones, las relaciones y mucho menos el amor. Entendí que las personas pueden pensar distinto y mucho más querer cosas distintas. Entendí que yo soy yo y estoy sola conmigo, que me puedo levantar sola y sonreír sola. Entendí que puedo estar bien y que también estoy bien. Pero principalmente entendí que los sentimientos pueden no cambiar nunca entre dos personas y sin embargo no estar juntas, porque por más amor que haya si no se puede... no se puede.
Solo pido respeto. Solo pido que si en algún momento hubo amor nunca se olvide de cuidarme. Solo pido que si me necesita me hable, que si se arrepiente lo diga.
No se imaginan la cantidad de cosas que todavía me gustaría decirle, porque les juro que no entiendo ni por un segundo cómo pudo haber tomado esta decisión. No lo entiendo. Y mi cabeza no para de pensar en razones que solamente él sabe y que quizá nunca las diga.
Hay algo que siempre dije y no me canso de decir: si dos personas tienen que estar juntas, tarde o temprano, van a estar.
Y ahora también digo que yo me voy... que acá no tengo más nada que hacer... que este no es mi lugar...